Un nuevo día del trabajador: entre la espada de la ciudadanía y la pared del rol histórico de los trabajadores

Un nuevo día del trabajador: entre la espada de la ciudadanía y la pared del rol histórico de los trabajadores

por Carlos Riquelme
Colaborador CIPSTRA

 

Según la presidenta de la CUT, esta nueva conmemoración de la masacre de Chicago es “especial”, no por la conflictividad del movimiento ni por el auge de las luchas sindicales, sino porque se trata de “un año electoral”[1], poniendo en segundo plano el alza de las movilizaciones en sindicatos de todo el país[2]… Entre la espada de la etérea ciudadanía y la pared del rol histórico no asumido, a casi 40 años del golpe, 34 del Plan Laboral y 23 del retorno a la democracia, pareciera ser que atisbos de la clase organizada vuelven a surgir entre el mar de ausencias que ha protagonizado la organización sindical durante los últimos años.

“Si la noción
de ciudadanía
es abiertamente
metafísica, lo
más grave de su
pecado radica
en aquellos
elementos de
los que hace
abstracción:
las condiciones
materiales de
vida de hombres
y de mujeres”

Para nadie es un misterio que en los grandes hitos en materia de movilizaciones que han sacudido al país, uno de los grandes ausentes ha sido la clase trabajadora. Aún más, ciertos sectores de la izquierda han visto en dicha ausencia protagónica una confirmación de los vaticinios de cierta ciencia social: en el día de hoy, el impulso transformador – si es que este es tan siquiera necesario– habría pasado a un sujeto etéreo y pluri-comprensivo. Hablamos, naturalmente, de la ciudadanía. Esta ciudadanía, siempre preocupada sobretodo de reformas institucionales que harían posibles transformaciones de peso, vendría con una agenda específica debajo del brazo: una nueva Constitución para esta larga y angosta faja de tierra.

Aun cuando lo acertado o desacertado de la consigna pueda ser discutido por diversos motivos (nueva constitución: ¿consigna de transición?), lo cierto es que su promotor parece diluirse tal y como lo ha hecho desde hace tanto tiempo el descontento en la apatía. Si la noción de ciudadanía es abiertamente metafísica, lo más grave de su pecado radica en aquellos elementos de los que hace abstracción: las condiciones materiales de vida de hombres y mujeres.

Ello no sólo porque todos sabemos que hombres y mujeres no somos iguales, sino sobre todo porque entendemos que hay cosas que no pueden obviarse, que no pueden dejarse de lado cuando se trata de analizar seriamente la sociedad. La división entre ricos y pobres parece, en este sentido, una distinción seductora en tanto permite trazar una línea más o menos definida según el nivel de ingresos de la población. Sin embargo, esta nos parece insuficiente. ¿Importa, si es que en algo, el origen de estos ingresos? ¿Importa, de alguna manera, la forma específica por medio de la cual los seres humanos se alimentan, visten y divierten?

En nuestra opinión, la manera en cómo las personas se procuran sus ingresos influye de sobremanera, no sólo porque ella en gran parte de los casos los determina[3], sino porque se encuentra íntimamente ligada a la manera en cómo ellas experimentan su propia existencia y, a su vez, cómo se relacionan con los demás.

Son precisamente estos rasgos los que los clásicos acusaron como cruciales en lo que se refería a la clase obrera, siendo particularmente fundamentales tanto su capacidad de actuación colectiva como su posición en la reproducción de la vida entera. A partir de dichos elementos es posible entender su potencial transformador. Aún más, los barbones acudían a esta forma que atendía siempre a un contenido: las relaciones que existían entre las clases y dentro de la propia clase.

“Es precisamente
esta forma de
relacionarse
con sus pares
la que los
clásicos
acusaron como
crucial en lo
que se refería
a la clase
obrera, siendo
fundamental su
capacidad de
actuación
colectiva y su
posición en la
reproducción
de la vida
entera, en lo
que se refiere
a su potencial
transformador”

¿Tiene algo que decir, la clase obrera, frente a la novel subjetividad ciudadana? El académico progresista podría afirmar, cuando mucho, que la clase obrera parece condenada a llamar la atención de manera secundaria, si consideramos que desde el 2006 apenas ha aparecido en las portadas de los diarios, o figurando ocasionalmente en los recovecos de los acontecimientos sociales del 2011[4]. Sin embargo, no alcanzaron a pasar dos años para que los trabajadores del Puerto clausuraran más de alguna posición política del progresismo por medio de la unidad, la lucha, la convicción y el protagonismo. Naturalmente, el escéptico podría objetar que la lucha del puerto se limitó a demandas “corporativas” que “nada tienen que ver con la otrora poderosa clase trabajadora”. En nuestra opinión, al contrario, lo que está ocurriendo en el país no es más que un proceso formativo de una “nueva clase obrera”, el que al parecer viene acompañado por un “nuevo sindicalismo” fundado en el reconocimiento de las necesidades de las bases y no en la profundidad de los bolsillos de sus dirigentes, ni en los intereses institucionalizados de sus partidos. Si, como solía decir Marx, el capitalismo es una verdadera fábrica de obreros, lo propio puede decirse de nuestro flamante y novedoso patrón de acumulación, el que en 21 años produjo casi el doble de asalariados.

               Aun cuando aparentemente la recomposición del movimiento recién comienza, su descontento no se ha dejado de notar. Y ese descontento, el que en el caso de la FTC en sólo un día de paro produjo una pérdida de 35 millones de dólares para los empresarios, es el que debería comenzar a inquietar a la clase dominante. Lo anterior es sumamente interesante pues las manifestaciones de disconformidad – pocas a nivel obrero, pero importantes cuando han existido – se presentan en tiempos de “bonanza” económica. ¿Qué cabe esperar pues para tiempos más moderados o, derechamente, de crisis?

               No pretendemos con esto jugar la carta del catastrofismo, sino llamar la atención respecto de una ecuación que proyecta un escenario interesante en lo que se refiere a una posible reconfiguración, para bien o para mal, del equilibrio de la lucha de clases en Chile. Si como telón de fondo agregamos un eventual periodo de bajo crecimiento económico y una reforma institucional que tratando de incorporar a la ciudadanía, flexibiliza el sistema, podríamos encontrarnos con un cuadro donde un sistema político le otorga voz a la ciudadanía, pero no es capaz de satisfacer sus demandas. En otras palabras, tendríamos una re-organización institucional que, en el mejor de los casos, posibilitaría formalmente lo que el patrón de acumulación capitalista de nuestro país no puede permitirse en el mundo real. He ahí una contingencia sobre la cual nuestro recién nacido “nuevo movimiento obrero” deberá aprender a caminar.

 


[2] Como CIPSTRA hemos intentado darle seguimiento a los principales conflictos producidos durante este año, https://twitter.com/cipstra

[3] Aun cuando los trabajadores tienen niveles de ingresos disímiles existe una franja de ingresos a la que les es imposible acceder, salvo en casos muy específicos.

[4] Los últimos años han estado marcados por movimientos sociales de diverso tipo, donde escasamente se ha puesto en el centro del conflicto las condiciones de los trabajadores. Los años 2006 y 2011 estuvieron marcados por los movimientos estudiantiles (secundarios y universitarios), mientras que otros movimientos de carácter local también han copado el escenario. En 2012, el movimiento de Freirina por la calidad de vida contra Agrosuper, mismo año en que los pobladores de Aysén se levantaron contra el aislamiento y altísimo costo de la vida, siguiendo los pasos que un año anterior habían dado los habitantes de Punta Arenas.  Sólo el 2007, con la movilización de los contratistas de CODELCO y de los trabajadores forestales podría señalarse como un año marcado por conflictos propios de los trabajadores contra las empresas.

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