Trabajo y género (III): Pensar la sociedad. De la división productiva a la división reproductiva del trabajo

Por Daniela Soto

Cuando analizamos la estructura de la sociedad pensando una forma alternativa de organización, es bastante tentador ordenarnos a todos/as según nuestra posición en las relaciones de producción; es decir, en el trabajo que desempeñamos. Qué hacemos, dónde, qué estudiamos, qué papel tenemos en una determinada empresa o institución, ¿somos dueños del capital, de los recursos? ¿O somos dueños sólo de nuestra fuerza de trabajo? Se trata de preguntas que nos posicionan en la estructura productiva de nuestra sociedad según las funciones laborales que cumplimos a partir de nuestro capital económico, nuestras propiedades, los famosos pitutos o redes, y nuestro nivel educacional. Y lo anterior en definitiva, también nos dota de cierto estatus social –es decir, un “reconocimiento” social a esta posición ocupada. Ello nos lleva a un primer concepto: la división social del trabajo (DSOT). Y en este caso nos referimos al trabajo productivo.

El anarquismo, el cooperativismo, el socialismo, el capitalismo: todos son sistemas o proyectos históricos que proponen formas de organizar la sociedad y resolver el problema de la producción de bienes y servicios. Por lo menos el socialismo y el capitalismo nos han dado una idea de cómo funcionan en la práctica y la diferencia que tienen entre sí.

No obstante, con cualquiera de estos proyectos solo resolvemos el problema de la producción. Al dividirnos socialmente el trabajo, somos capaces de producir bienes y servicios para  satisfacer nuestras necesidades básicas (y en la actualidad, hasta las menos necesarias); pero aun así, la especie humana sería incapaz de perdurar en el tiempo si no pudiera asegurar también la reproducción de su existencia. Nuestra fisiología determina sin duda cómo es que esto se lleva a cabo cuando damos a luz un bebé, pero no hay un único (o natural) modo para realizar el proceso de crianza de estos nuevos seres que nacen. ¿Cómo resolvemos los distintos problemas a los que nos enfrenta la reproducción? Es decir, quién amamanta, quién cuida, quién enseña, quién abriga, quién alimenta, quién provee; pero también quién limpia, quién lava, quién ordena, etc.

Todo lo relativo al modo en que se conjugan estas cuestiones es lo que llamamos la división sexual del trabajo (DSET), y en este caso, nos referimos al trabajo reproductivo. Es, en efecto, el modelo de división sexual que aparece con la revolución industrial, el que permite explotar doblemente al hombre pues el capitalista no sólo extrae plusvalor de la mano de obra, sino que además queda exento del pago del trabajo reproductivo (fundamental para subsistir) al obrero, en tanto lo realiza la mujer de manera gratuita[1]. Esta situación –desde la perspectiva de las mujeres, explotadas por realizar un trabajo sin prestigio y sin remuneración, es lo que se conoce a grandes rasgos como patriarcado[2].

Los modelos de DSET a nivel internacional son múltiples. Lo más tradicional para nuestra sociedad es que la mujer cumple el rol materno de cuidadora y de dueña de hogar, mientras que el hombre es quien provee todos los bienes y servicios necesarios para que la madre pueda criar a sus hijos/as. El lugar público lo ocupa el hombre, el privado la mujer. El hombre es proveedor y la mujer le cocina a él y a sus hijos/as, hace las camas, plancha, etc. En contextos menos tradicionales, y cada vez más de moda, la crianza empieza a ser progresivamente un problema de los dos. El hombre también debe cumplir tareas básicas en el hogar como alimentar y criar a sus hijos/as. En otros países, como el caso de Finlandia, hombre y mujer aseguran un proceso de crianza básico y los demás cuidados se los dejan al Estado que se encarna en salas cuna, jardines y colegios. Esto permite que padre y madre puedan ser lo más productivos dedicándole lo mínimo al proceso reproductivo. Con matices, el modelo mixto de crianza pone al hombre como un otro igualmente activo[3]: hacer dormir, dar la papa, mudar, comprar alimentos, cuidar la higiene y limpieza del hogar, llevar a controles médicos, etc. son tareas que ambos se reparten de modo equitativo.

trabajo reproductivo
mujer trabajando

Hasta aquí las dos cosas funcionan, con distintas estrategias y para resolver distintos problemas. Sin embargo, en muchos países (y en Chile sin lugar a dudas) la población femenina se encuentra en una punto ciego: mientras que la división social del trabajo productivo la invita a ser parte del mercado laboral; el trabajo reproductivo la sigue manteniendo dentro de sus roles tradicionales: madre, esposa y dueña de casa[4]. Por el lado de la población masculina nada cambia: sigue insertándose ampliamente en el mercado laboral y en el ámbito privado desempeña sus roles de padre y esposo. Tradicionalmente el hombre trabaja en “el trabajo”, y la mujer trabaja en la casa y en el trabajo.

En términos de cifras, hablamos de que mientras las mujeres dedican un 61% de su tiempo al trabajo doméstico, los hombres lo hacen en una proporción del 33,6%[5]. No obstante, la tasa de participación laboral femenina se ha duplicado desde los años ochenta, y –aunque aun sumamente desigual respecto de nuestros compañeros hombres- hoy llega al 47,2% a diferencia de la participación masculina, que prácticamente la dobla con un 71,1% (PNUD, 2010; ENCLA, 2011). El problema viene siendo que la tendencia a la incorporación laboral femenina es cada vez más acelerada, no así la del hombre al espacio de lo privado.

A esto se le ha llamado doble carga laboral femenina: las mujeres trabajan remuneradamente y luego, llegan a trabajar en los quehaceres del hogar. En este sentido, mientras que las mujeres se identifican con los roles que cumplen en la DSOT, como empleada, y en la DSET como madre y dueña de casa; no ocurre lo mismo en el caso de los hombres: en ambos, su rol paradigmático es de proveedor/empleado. Dado este fenómeno, las mujeres que trabajan remuneradamente se encuentran sujetas a contradicciones entre (i) las necesidades estructurales –es decir, el imperativo tanto económico como moderno de su salida al mundo laboral-, y (ii) la herencia cultural –sus roles de madres cuidadoras y dueñas de casa. En efecto, tanto (i) como (ii) hace de la población femenina un objeto sumamente paradigmático en el estudio de las sociedades y aún más, en el estudio de las contradicciones de la sociedad capitalista. Son sujetas de explotación y dominación por partida doble: en el trabajo peor pagadas y ocupando puestos más precarios, en su hogar haciendo labores invisibilizadas y desprestigiadas que a su vez permiten al hombre acceder a carreras laborales ampliamente superiores.

Para abordar esta situación, quisiera retomar un concepto sumamente provechoso que ya se trabajaba en los 70´s, como es el de tradicionalismo moderno[6]. Este concepto no indica otra cosa que la aceptación de los efectos de la modernidad (la salida de la mujer al mundo laboral), mas no sus consecuencias (es decir, si la mujer sale al mundo laboral, el hombre debería entrar también al mundo privado; y el estado debería generar mecanismos de apoyo apropiados a ello). De este modo, “en la identidad de las mujeres la maternidad y el trabajo compiten como ejes centrales de la misma. Los varones difícilmente pueden pensarse a sí mismos sin trabajar. El trabajo es para ellos una obligación y no una opción […]. En el caso de las mujeres, el trabajo es considerado todavía una opción, y es sobre todo la maternidad la que las afirma en su identidad como personas”[7].

Pareciera ser que Chile calza perfecto en estas definiciones: un país que promueve la salida laboral de la mujer (siempre y cuando esto no afecte a la familia), pero bajo una ideología sumamente machista. No sólo se espera que el sueldo femenino sea “una ayuda económica”, si no que además se resta a las mujeres de una notable capacidad: sustentarse económicamente de modo independiente.

Así como la identidad también se juega cuando definimos qué limpieza y orden queremos para nuestra casa, qué muebles, qué decorado, qué comida; también lo hacemos cuando somos capaces de auto-sustentarnos y de elegir cómo queremos gastar el dinero del que disponemos. Y aun más, identificarse como trabajador/a y sentir orgullo de las habilidades y conocimientos que se ponen en juego, valorarlo, permite luchar para hacer de todo trabajo, una actividad digna. Esto es: frenar los abusos de todo tipo, las obediencias y cabezas gachas, combatir la precarización, luchar por terminar con la explotación, etc. Identificarse como trabajadoras es un paso para las mujeres en pro de disputar esos espacios, las dirigencias sindicales y la valoración humana del trabajo. Dejar atrás la ideología de la abnegación y de sacrificio de madres heredada de una matriz cultural mestiza dominada y enfrentarse con otras perspectivas no sólo al espacio laboral, sino también al doméstico. Es un viaje de ida y de vuelta sin duda pues alude a procesos de construcción de identidad, de qué vida estamos dispuestos a vivir y por qué vamos a luchar. Pero además es una tarea que tiene que tomar la clase trabajadora en su totalidad: una mejor sociedad se parte construyendo en la casa, donde no pueden haber ni dominados ni explotados. Debemos luchar activamente, hombres y mujeres, por cambiar el sentido común hegemónico que permite al capital explotar a la fuerza de trabajo en un sinnúmero de maneras, enemistarla absurdamente según género y separarla cada vez más según formas de contrato, tipo de ocupación, etc. Es deber de todos/as luchar por desarrollar esa unidad en todos los ámbitos de la vida.



[1] Si un hombre no cuenta con una mujer, pero tiene hijos/as, debe ingeniárselas para encontrar a alguien que pueda realizar no sólo las tareas que requiere un hogar, sino las necesarias para criar niños/as.

[2] A pesar de que la definición no es correcta pues es un concepto bastante complejo, nos referiremos a él de esta manera superficial.

[3] Reconociendo aun las tareas ineludibles de las mujeres como el embarazo, alumbramiento y amamantamiento.

[4] Y ojo que a pesar de que el hombre, sin dudas es padre y esposo; las características de estos roles están lejos de compararse con las que desempeña la mujer. En contexto tradicionales, el hombre llega a su casa y es servido por la mujer: los problemas de compras, aseo, comida, lavado-secado-planchado de su ropa lo ve ella, etc. etc.

[5] Datos de la encuesta exploratoria de uso del tiempo en el gran Santiago, disponibles en: INE. Mayo 2009. ¿Cómo distribuyen el tiempo hombres y mujeres? Disponible en línea: [http://estudios.sernam.cl/documentos/?eMTUwMTY5OA==-%C2%BFC%C3%B3mo_Distribuyen_el_Tiempo_Hombres_y_Mujeres?] [20/10/2012]

[6] Mattelart & Mattelart, 1968

[7] Guzmán & Mauro, (2004: 238). En las sucesivas columnas sobre el tema iremos viendo más en detalle algunos de estos elementos mencionados. Es indudable el problema concreto de la sobrecarga en las mujeres. Aún aquellas que cuentan con recursos económicos como para pagar jardines y/o tener empleadas domésticas deben organizar y resolver un sinnúmero de problemas (disminuyen trabajo físico, pero aumentan trabajo intelectual). La carga auto-impuesta bajo la idea de que “nadie lo hace mejor que yo, ni sabe mejor que la madre lo que el/la hijo/a necesita” será analizado en detalle en la siguiente columna.

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