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Segregación horizontal y vertical de género en los mercados de trabajo en Chile

Por Pamela Caro (Colaboradora CIPSTRA)

Esta es la segunda columna de la serie de publicaciones de mujeres investigadoras sobre el mundo del trabajo, que estaremos subiendo con el objetivo de contribuir a la divulgación de sus temáticas de estudio y hallazgos, en un contexto de fuerte e injustificada masculinización del campo de los estudios del mundo del trabajo y el sindicalismo. Para proponer una columna en esta línea, así como para contactar a la autora de la presente, pueden comunicarse directamente a nuestro correo cipstra@gmail.com


Esta columna busca ahondar en el fenómeno de la segregación laboral existente en los mercados laborales en Chile y profundizar en cómo ello incide en la ampliación de las brechas de desigualdad existente entre hombres y mujeres, con consecuencias en la menor calidad de empleo de las mujeres, y sus efectos en menores salarios, menores oportunidades de desarrollo de carrera y mayor carga global de trabajo, si asumimos una mirada amplia al concepto de trabajo, que incluye el trabajo productivo remunerado, junto con el trabajo reproductivo, no remunerado y de cuidado.

El concepto segregación laboral de género implica un acceso diferencial entre hombres y mujeres a diferentes oportunidades, ingresos y puestos de trabajo, sólo por haber nacido hombre o mujer. Tiene un importante papel en la reproducción de la desigualdad de género. Comienza con la elección de las personas que hacen de las carreras a estudiar (sean técnicas o universitarias), cuyo impacto se observa posteriormente en su vida laboral. Estudios indican que las razones que explican la menor participación de mujeres en carreras tecnológicas, tienen relación, con la violencia simbólica de género dentro del sistema educativo, entre ellos estereotipos presentes en el material educativo, y segregación en la orientación vocacional que afecta la participación femenina en el progreso científico-tecnológico y en la educación técnica [1]. 

La segregación horizontal, es entendida como las dificultades que tienen las personas en acceder a ciertos cargos u ocupaciones, determinados por la cultura. Por ejemplo, las mujeres acceden más a empleos de sectores tradicionales “feminizados” (empleo doméstico, sector servicios o educación), porque son para los que se las convoca y para los que creen tienen mayores habilidades, asociadas a una socialización histórica en el desempeño de roles domésticos y reproductivos; por el contrario, tienen dificultades para incorporarse a trabajos que generalmente concentran a una mayoría de hombres, categorizados como “masculinizados” (transporte, construcción o minería), porque son contraculturales a lo que se les ha asociado tradicionalmente. Del mismo modo, los hombres encuentran dificultades en el acceso a profesiones u ocupaciones consideradas tradicionalmente femeninas. 

El problema del mercado laboral no es que hombres y mujeres se sitúen en ocupaciones distintas, sino que ellas acaben sistemáticamente en posiciones más desventajosas, lo que viene a cuestionar el efecto igualador del incremento de las tasas de participación laboral femenina en el resto de los ámbitos de la vida [2]. Investigaciones en el mundo han concluido que espacios altamente masculinizados, reproducen desigualdades y jerarquías de género [3], que pueden manifestarse de manera vertical, cuando la distribución por género en la escala jerárquica se traduce en dificultades para el ascenso de las mujeres, y horizontal, cuando se produce la concentración de mujeres u hombres en ciertos sectores productivos y ocupaciones [4], como es el sector feminizado de Servicios, Sociales y Personales donde el 73,4% son mujeres o el sector de la minería con proporciones inversas, siendo un 9,6% (CASEN, 2017). 

La segregación horizontal resulta un elemento que es tanto estructurado como estructurante de los mercados de trabajo. Estructurado porque las mujeres se incorporan a la fuerza de trabajo en actividades o sectores que ya ocupaban y estructurante porque las características de trabajadores/as y puestos de trabajo serán distintas según se consideren las ocupaciones y ámbitos feminizados, masculinizados o neutros [5].

La segregación vertical por su parte, implica dificultades que afectan a las mujeres para ocupar puestos de toma de decisiones en espacios laborales, lo que impacta en sus condiciones laborales y equidad en el desarrollo profesional. 

Los estudios han evidenciado que una primera consecuencia de esa definición de territorios por género se expresa en remuneraciones más bajas para las mujeres y menores oportunidades de perfeccionamiento y de ascenso en la carrera laboral [6]. La segregación ocupacional puede corresponder a discriminación de género y se expresa en brechas salariales las que alcanzan en Chile a cerca de un 30%, pese a que los niveles educacionales de las mujeres puedan ser incluso superiores a los de los varones. 

La evidencia indica que las mujeres presentan mayores niveles de precariedad laboral que los hombres entre quienes cuentan con niveles educativos iguales o menores a la enseñanza media completa y entre trabajadores con menores niveles de ingresos. Además, ellas están más expuestas a riesgos de salud mental que los hombres y presentan mayor prevalencia de distrés elevado o muy elevado (37%), muy por encima de los hombres (29%); las razones que esgrimen los y las trabajadoras son principalmente el trabajo remunerado (40%), seguido de la combinación trabajo remunerado y doméstico (28%) [7].

Estos datos revelan la persistente desventaja de género que las mujeres viven cotidianamente, siendo las principales responsables del trabajo no remunerado del hogar, con el cual aseguran la supervivencia física y social de los miembros de la familia, agudizada en mujeres trabajadoras que tienen la misma carga horaria que sus pares hombres. Como resultado las mujeres tienden a tener una carga de trabajo diario combinada más alta que los hombres dando origen a lo que se conoce como “pobreza de tiempo” [8]. Así las mujeres que deben compatibilizar trabajo y familia desarrollan “doble jornada” o “segundo turno” a expensas de su tiempo personal [9]. La cuestión del uso del tiempo libre es tan importante que ha llegado a ser considerado uno de los tres principios esenciales para lograr la equidad de género en el bienestar social [10].

Pamela Caro, es Doctora en Estudios Americanos, mención Estudios Sociales y Políticos. Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile (2013). Actualmente es directora del Centro de investigación aplicada en Familia, Trabajo y Ciudadanía CIELO, en la Universidad Santo Tomás. Investigadora Responsable del Proyecto Fondecyt Regular “Fracturas al orden de género en la gran minería en Chile: trayectorias personales y ocupacionales de mujeres en cargos no tradicionales, analizados desde la interseccionalidad”. Directora de proyecto FONDEF Desarrollo de modelo de gestión integral para la inclusión sustentable de mujeres en industrias masculinizadas -la minería en Chile-, basado en sistema de alerta temprana de barreras de género y prototipo de intervención” (2017-2018). Directora proyecto FIC de la región de O’Higgins, llamado “Fortaleciendo emprendimientos turisticos de Mujeres”  (2017-2018). Investigadora Responsable proyecto FONDECYT “Fracturas al orden de género en la gran minería en Chile: trayectorias personales y ocupacionales de mujeres en cargos no tradicionales, ejecutivos u operarios, analizados desde la interseccionalidad” (2018-2021).

Referencias

[1] BERLIEN, K., Varela, P., Robayo, C. (2016). Realidad nacional en formación y promoción de mujeres científicas en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Santiago: CONICYT – Isónoma Consultorías Sociales Ltda.

[2] CARABAÑA, J. y SALIDO, O. (2007) “Paro, pobreza, Estado y familia en España”, Cuadernos de Relaciones Laborales, Vol. 25, 1:161-194.

[3] IBÁÑEZ, M. (2008). “Al otro lado de la segregación ocupacional por sexo. Hombres en ocupaciones femeninas y mujeres en ocupaciones masculinas”. Revista Internacional de Sociología. Vol. 68, Nº 1. España. Enero-Abril.

[4] MARTÍNEZ, M.J. (2009). “Las mujeres y la segregación laboral en la Unión Europea”. Tercer Congreso de Economía Feminista, Centro de Formación Feminista Carmen de Burgos, Instituto Andaluz de la Mujer.

[5] ANKER, R. (1988). Género y trabajos. Segregación sexual de ocupaciones en el mundo. OIT. Ginebra.

[6] MAURO, A. GODOY, L. GUZMÁN, V. (2001) Trabajo y relaciones de género: percepciones y prácticas de los varones. Documento de trabajo, Santiago de Chile: Centro de Estudios de la Mujer. 

[7] ANSOLEAGA, E. TORO, J.P. (2014) Salud mental y naturaleza del trabajo: cuando las demandas emocionales resultan inevitables. Revista Psicología: Organizacoes e Trabalho, 14(2), abr-jun, 180-1989.

[8] KABEER, N. (2012). Empowerment, citizenship and gender justice: a contribution to locally grounded theories of change in women’s lives. Ethics and Social Welfare, 6 (3). pp. 216-232. ISSN 1749-6543

[9] SARACENO, C. (2011). Childcare needs and childcare policies: A multidimensional issue. Current Sociology 59(1). 78-96

[10] FRASER, N. (1997). Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición «postsocialista». Bogotá: Siglo del Hombre Editores, Universidad de los Andes.

Trabajadores de Tierra Amarilla: cuando la realidad nos llena de barro

En el noticiario de TVN, 24 Horas, una de sus periodistas cuenta el difícil momento que vive Tierra Amarilla, puntualmente San Antonio, una de las localidades ubicadas al interior del río Copiapó. Dentro de otras noticias desgarradoras, aparece un testimonio que ha llamado profundamente la atención, no tan sólo por la crudeza de lo que se cuenta, sino por las circunstancias que lo envuelven: cerca de diecisiete personas se encontrarían desaparecidas al ser arrasado el campamento donde vivían los trabajadores de la empresa Frutícola y Exportadora Atacama Ltda. por el agua y barro que bajaba por el río y quebradas. Todas ellas trabajadores y trabajadoras agrícolas, cuyo sistema de alojamiento consistía en containers y pabellones adaptados como habitaciones, que separaban hombres y mujeres a través de una reja, las cuales se cerraban indefectiblemente a las 23:00 hrs. según consta en el testimonio dado. En el lugar habrían estado unas 200 personas aproximadamente.

Como es de esperar, a esta noticia se han sumado otras que otorgan información contraria respecto de este hecho. La presidenta Michelle Bachelet ha señalado que no se ha demostrado hasta ahora que este relato es verídico: “De todos modos, la Dirección del Trabajo fue a la zona para verificar si existiera tal situación o no. Hasta ahora, y se sigue buscando, no hay ninguna evidencia de esta situación” (1). Lo mismo ha señalado el gerente de Frutícola Atacama, Horacio Parra, quien incluso tuvo la desfachatez de señalar que la empresa ha enviado ayuda y que él mismo ha participado del terreno en ayuda de los y las trabajadores/as: «Es totalmente falso que la gente duerma en contenedores cerrados, no es así, no es la política de la empresa, nunca lo ha hecho», afirmó a Radio Cooperativa (2).

Finalmente, ha sido una de las trabajadoras de la empresa quién ha puesto de manifiesto la cruda realidad. La empresa contaba con trabajadores de packing y de terreno que se distribuían en dos campamentos relativamente próximos, uno muy cerca de la quebrada y otro más alejado. Los terribles relatos se refieren al primero, el campamento Capilla, construido en medio de un curso de agua, que mantenía diferenciado el espacio de hombres y mujeres por medio de una reja alta. Esta era la reja que estaba cerrada al momento del alud, y que los días de semana se cerraba a las 23:00 hrs. y los fines de semana a las 00:00 hrs. La trabajadora señala incluso que las mujeres del campamento habían hablado con los encargados para pedir que dejaran de cerrarla, porque en caso de emergencia esto era muy peligroso. La empresa no les hizo caso. En este campamento, los hombres dormían distribuidos en dos camarotes en los 24 containers y las mujeres de terreno también. Sin embargo, las mujeres de packing dormían en piezas de material liviano.

¿Qué es lo que ocurrió entonces? La trabajadora cuenta que al estar tan cerca de la quebrada, los containers del campamento fueron arrastrados por el alud hasta las piezas de material liviano, aplastándolas y destruyéndolas. Las mujeres que estaban en el recinto cerrado por la reja, se las arreglaron para saltarla con ayuda de sus compañeros. Para salvarse, algunos trabajadores se subieron a las improvisadas piezas que no se desplazaron o a los árboles, o corrieron a unas cabañas cercanas donde pudieron refugiarse. Vieron cosas terribles como compañeros/as aplastados, y compañeros y compañeras que se les soltaron de las manos. Es por eso que saben con certeza de la existencia de muertos y de varios desaparecidos. Una tragedia que no termina porque los que se salvaron estuvieron más de un día con heridas abiertas y sin recibir ningún apoyo de la empresa. Recién el día 28 de marzo, la trabajadora señala que los fueron a buscar hasta Viña del Cerro, diciendo que los llevarían a Nantoco (3), donde tenían buses esperándolos para llevarlos a sus casas. Pero, en sus palabras, al llegar “los buses se transformaron en dos furgones con capacidad para 18 personas. Uno iba a la quinta región y otro a la cuarta. Y un bus para 46 personas con destino a Santiago”. Y esto para alrededor de 200 personas, que son las que lograron salvarse. No obstante, los/as trabajadores/as no conocen el lugar donde los llevaron, y éste no contaba con servicio de luz. Hasta ese día estaban a la espera de que trajeran otros buses para llevarlos a sus casas.

¿Qué ha hecho la empresa para compensar no sólo el trauma al que fueron expuestos los trabajadores por las precarias condiciones en las que viven sino que también la pérdida total de sus pertenencias? La trabajadora señala un miserable pago de 50 mil pesos más una colación. La próxima semana, esperan el finiquito más el sueldo que está pendiente. Compensación vejatoria como ella también señala, considerando la negligencia de la empresa y las mentiras o inoperancia que señala Horacio Parra, negando esta situación.

Al respecto queremos señalar como CIPSTRA que esta situación no puede considerarse como un “error” o una situación aislada. Es fundamental que el gobierno deje de hacer la vista gorda respecto a que los rubros más desprotegidos y precarizados deben ser los más fiscalizados, y que este caso muestra que si bien muchas de estas instalaciones cuentan con autorización oficial, su funcionamiento depende exclusivamente de los empresarios. La empresa Frutícola y Exportaciones Atacama posee un extenso prontuario en denuncias laborales, 169 juicios en los últimos cinco años (4) lo cual, al parecer, no es fundamento suficiente para paralizar sus faenas.

Hoy fue el turno de los temporeros, pero no podemos olvidarnos de los trabajadores del Supermercado Santa Isabel del Mall del Trébol (5) que en Talcahuano permanecían encerrados para el terremoto del 2010; o el tan bullado caso de los 33 mineros ese mismo año; ni tampoco de los casos de trata de extranjeros en nuestro país, y que ha sido señalado por la presidenta como una de las prioridades del gobierno (6) dando lugar a la Mesa Regional de Trata de Personas en Atacama. Asimismo, debe llamar nuestra atención que la mayoría de las víctimas sean mujeres, cuya “seguridad” estaba siendo resguardada por aquel encierro (7).

Lo anterior lleva a plantear una cuestión que no puede dejar de considerarse. ¿Tenemos en Chile casos aislados de «malos empresarios», y para que estas situaciones no ocurran debemos mejorar solamente las fiscalizaciones y la educación? ¿O es que la necesidad primordial de los empresarios de obtener más ganancias hace que condenen a sus trabajadores/as a las peores condiciones laborales sólo por reducir gastos? Aún más, si los contratos laborales regulan la jornada del trabajo, ¿por qué la empresa pone horarios de cierre post-jornadas no sólo en la semana sino también los fines de semana, atentando además contra su seguridad? ¿Por qué además impide que hombres y mujeres se relacionen en su tiempo libre?

En ramas extractivas, tan claves para la economía chilena – como la agrícola, pero también como la minera o la forestal-, donde las zonas productivas se instalan en lugares lejanos a los centros poblados, ¿es aceptable que esos trabajadores que realizan labores tan importantes para Chile vivan en instalaciones precarias y en condiciones muchas veces inhumanas? Además de estar alejados de sus familias por temporadas más o menos largas, las empresas los exponen a sufrir limitaciones personales que como vemos son capaces de exponerlos a la muerte, sin que la empresa responsable se preocupe al menos de prestar toda la ayuda necesaria en estos casos.

Debemos notar que los trabajadores chilenos somos expuestos a abusos no sólo en estas ramas sino en otras como los casos del retail, donde las cajeras han sido obligadas a usar pañales para no dejar sus puestos de trabajos para ir al baño. En las mineras y puertos, donde los accidentes laborales están a la orden del día porque no hay real seguimiento de las condiciones de seguridad. O en la industria del salmón, donde durante largas jornadas que exceden las 8 horas, los padres son imposibilitados de llamar a sus hijos/as. Son solo los casos emblemáticos y conocidos.

El problema es claro: mientras el trabajo humano sea considerado como “un factor más en la producción”, estos abusos van a seguir ocurriendo. El trabajo humano es el que permite a todas las empresas obtener las ganancias que tienen. Arriesgarlo no es mera estupidez, es la clara idea que tienen de que la “fuerza de trabajo” es reemplazable, y que mientras menos calificación se requiera más fácil es hacerlo. Este caso es una certera muestra de ello: frente a todo el riesgo y muerte de compañeros, los/as trabajadores/as buscan ser “compensados” con un bono, actitud realmente vergonzosa. Esa es una señal evidente no sólo de falta de interés en las condiciones de estas personas y una falta de respeto rotunda y criminal, sino que también una muestra de que el interés profundo está en no perder las ganancias que estos trabajadores han generado.

Ante esto, no tenemos más que expresar nuestro profundo y absoluto repudio frente a esta situación en particular, y todas las similares, donde se mantienen trabajadores/as en condiciones precarias tanto para su seguridad física como para su integridad moral, donde se les expone a la muerte, a accidentes laborales o a traumas psicológicos como en este caso. Donde se les pagan salarios absurdamente bajos, mientras el capital obtiene retornos inimaginablemente grandes. Y además, no podemos sino repudiar la actitud ambigua del gobierno que se excusa de proteger a las personas de ser expuestas a estas tragedias porque tampoco fiscaliza ni regula apropiadamente.

En un contexto nacional donde las catástrofes están a la orden del día, este tipo de lamentables sucesos van mostrando las formas concretas que tienen las relaciones entre trabajadores y empleadores. No hay que olvidar que se discute una Reforma Laboral, que entre otros graves problemas, deja fuera a trabajadores/as temporales agrícolas, los cuales son reducidos a un “Estatuto Agrícola” pactado entre empresarios y el gobierno. Es difícil sostener la teoría de los «accidentes aislados», la evidencia reitera una y otra vez que somos un país muy precarizado laboralmente. Por lo mismo, no podemos esperar que sigan ocurriendo estas tragedias. Es fundamental exigir hoy un cambio en las relaciones laborales, en la seguridad, en entender al trabajador más allá de los niveles de productividad que posee. Es preciso abocarnos a solucionar estos problemas de raíz, y dejar de parchar los problemas conformándonos con preocupaciones impostadas.

Son diversas las formas en que los trabajadores pueden hacer frente a estas escandalosas formas de abuso. En particular, es necesario informarnos como trabajadores, denunciar las situaciones anómalas, y poner en práctica una amplia solidaridad de clase entre los trabajadores ante la identificación de este tipo de hechos. ¡No se pueden seguir sacrificando vidas para enriquecer a unos pocos! Por estas y muchas razones más, invitamos a los trabajadores y trabajadoras a hacerse parte de las movilizaciones que próximamente se llevarán a cabo para rechazar los retrocesos contenidos en la Reforma Laboral. Se trata de diferentes momentos de una misma lucha: la lucha por construir la organización y el poder de los trabajadores.

(1) 2015. Hoyxhoy. “Bachelet llegó hasta Talca y comprometió ayuda para los damnificados”. Recuperada de http://www.hoyxhoy.cl/Sociedad/2015/03/27/312941/Bachelet-llego-hasta-Taltal-y-comprometio-ayuda-para-los-damnificados/ciudad/

(2) 2015. Soycopiapó. “Frutícola negó que las trabajadoras estuvieran encerradas en un container arrastrado por el alud”. Recuperada de http://www.soychile.cl/Copiapo/Sociedad/2015/03/28/312986/Fruticula-nego-que-las-trabajadoras-estuvieran-encerradas-en-un-container-arrastrado-por-el-alud.aspx
(3) 2015. Cooperativa. “Temporera de Frutícola Atacama: Campamento se cerraba para separar hombres y mujeres”. Recuperada de http://www.cooperativa.cl/noticias/pais/desastres-naturales/inundaciones/temporera-de-fruticola-atacama-campamento-se-cerraba-para-separar-hombres-y-mujeres/2015-03-28/224219.html
(4) 2015. “Trabajadoras desmienten a la empresa frutícola Atacama: Las Temporeras de la capilla sin dios”. Recuperada de http://resumen.cl/2015/03/trabajadoras-desmienten-a-la-empresa-fruticola-atacama-las-temporeras-de-la-capilla-sin-dios/
(5) 2011. La Tercera. “Denuncian que empleados de supermercado son encerrados mientras trabajan”. Recuperada de http://www.latercera.com/noticia/nacional/2011/03/680-353244-9-denuncian-que-empleados-de-supermercado-son-encerrados-mientras-trabajan.shtml
(6) 2015. Diario Chañarcillo. “Trabajan para prevenir la trata de personas en Atacama”. Recuperada de http://chanarcillo.cl/articulos_ver.php?id=88972
(7) 2015. El Desconcierto. “Las mujeres del container”. Recuperada de http://eldesconcierto.cl/las-mujeres-del-container/

Tierra amarilla trabajadores rurales
Genero y mineria

Sindicalismo y Género: notas para la discusión

Loreto Quiroga y Daniela Soto
 

(La presente columna es la primera de una serie de reflexiones que se desprenden de la investigación llevada a cabo recientemente por CIPSTRA en conjunto con otras organizaciones, acerca de la inserción laboral de mujeres en sectores estratégicos de la economía. Esperamos de este modo aportar, desde una perspectiva feminista, al conocimiento y la discusión de la situación y los desafíos del sindicalismo ante el creciente involucramiento de las mujeres en el mundo del trabajo. También invitamos a revisar las anteriores columnas referidas a estos temas: Trabajo y Género 1, Trabajo y Género 2, Trabajo y Género 3)

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Quizás uno de los riesgos más grandes de aspirar a la igualdad entre hombres y mujeres –aun cuando es una búsqueda necesaria y no transable- está en dejar de observar las potencialidades de ciertas diferenciaciones culturales entre lo femenino y lo masculino. Esta columna busca proponer una forma de re-evaluar ciertas características asociadas a los géneros y mirarlas pensando en la utilidad de éstas para fortalecer las organizaciones de trabajadores.

En este sentido, hay que destacar una cosa: no estamos diciendo que ciertas actitudes sean inherentes al “ser mujer” o “ser hombre”, sino que las mujeres y los hombres han sido educados desarrollando características o habilidades diferentes que sin duda se podrían complementar para formar seres humanos y organizaciones más íntegras que construyan futuro en pos de superar la relación de dominación que cruza hoy a la humanidad.

Dentro de una investigación en la que participamos como CIPSTRA sobre la inserción laboral de mujeres en sectores tradicionalmente masculinos (como minería y puertos), identificamos que buena parte de los afiliados y dirigentes miran la forma de trabajo femenina como perjudicial porque, en su visión, ésta tendería a ser más respetuosa de la seguridad, más cuidadosa en los procedimientos y por lo tanto más lenta. A veces más responsable, a veces sólo entorpecedora para la dinámica productiva del cumplimiento de metas. Metas que de hecho son impuestas por la gerencia y asumidas por los trabajadores/as dentro de la faena aun cuando, en estos casos, deban poner en riesgo sus vidas.

A varios dirigentes se les preguntó cuál creían ellos que era el aporte particular de las mujeres a los sindicatos. Ninguno, dijo la mayoría. “Como todos los socios es importante que paguen su cuota y que asistan a las reuniones o asambleas”, cuestión que desde luego no sorprende en un contexto donde prepondera una visión limitada de lo que se espera de la participación sindical, pero que de todos modos pierde de vista varios elementos que sería importante desarrollar en los sindicatos.

Un buen ejemplo de esto lo destacan los mismos trabajadores cuando profundizan en el aporte de sus compañeras al entorno de trabajo. En este ámbito se valora en general la afabilidad y buena disposición. Ellas mismas señalan convertirse en las confidentes de los problemas de sus compañeros y en sus consejeras. Además, ellos valoran la contribución de ellas al respeto entre compañeros porque la presencia de mujeres disminuiría los tonos fuertes y los garabatos en el trato. Considerando esa valoración, sería interesante ahondar en lo que estas características –independiente de si son desarrolladas por hombres o por mujeres- traen al funcionamiento del sindicato.

Usualmente los trabajadores señalan que no se sienten parte del sindicato, que no se sienten escuchados ni tomados en cuenta –sobre todo porque desde las bases se suele cuestionar la lealtad de los dirigentes para con sus intereses-, que no hay una comunicación fluida, entre otros aspectos. El sindicato no se piensa ya como un espacio para emprender proyectos colectivos. Es aquí cuando esas características feminizadas como escuchar, valorar, respetar y dar más cabida a diferentes opiniones, podrían considerarse un elemento importante que las organizaciones de trabajadores deben fortalecer. Si las personas no se sienten parte de la organización que están construyendo, ¿por qué se van a quedar? ¿Por qué harían un trabajo activo si son constantemente excluidos o no valorados? ¿Por qué espacios como éste permitirían la construcción de un movimiento social fuerte que se levante frente a los abusos del sistema?

Este proceso de investigación levantó una serie de reflexiones en el equipo pues aun cuando el aporte femenino no está sólo en estos rasgos objetivados (como mayor seguridad), tampoco buscamos reproducir la idea de que las mujeres sólo son un aporte social en lo que “ellas saben hacer” (comunicaciones, afectos, crianza, cuidados, etc.). Más bien la propuesta tiene que ver con ponderar cuáles son los mejores aportes de cada una de esas construcciones culturales y usarlas de manera colectiva (más allá del género) para el fortalecimiento del movimiento sindical. Y es que justamente estas características “integradoras” y respetuosas que se asocian a las mujeres son claves cuando se piensa en construir comunidad.

Sumado a lo anterior, fue posible ver la problemática aún mayor que enfrentan estas mujeres en lo relativo a la maternidad. No sólo son más lentas, sino además son trabajadoras menos confiables puesto que en cualquier momento pueden quedar embarazadas y dejar sus compromisos de forma temporal o permanente. Desde los discursos femeninos, parecen no existir trabajos que hagan agradable el proceso completo de tener hijos/as. Asumiendo por supuesto que esto no es sólo responsabilidad de las madres y que, por lo demás, se identifican medidas aún peores para el desarrollo de la crianza por parte de los padres.

Dadas las dinámicas y condiciones productivas en estos sectores “estratégicos”, los riesgos y ubicaciones espaciales de las faenas se vuelven temas relevantes. Sobre todo en minería, la mayor parte de estos lugares de trabajo requiere desplazamientos largos y además vivir lejos de la familia por varios días e incluso semanas. Esto es complicado para los trabajadores mineros y sus familias, pero a pesar de los arreglos que se han hecho (turnos especiales, salas cunas casi inexistentes o compensaciones menores), la dificultad de conciliar maternidad y trabajo no está ni cerca de superarse aun cuando se sigan firmando convenios o tratados que a la hora de la verdad parecen no valer nada.

En el caso de puertos las cosas no son mejores, a pesar de no operar en base al mismo sistema de turnos o encontrarse más cerca de las zonas urbanas. Las condiciones productivas que requieren turnos las 24 horas, implicando turnos nocturnos diariamente, sumado a condiciones extremas de frío y humedad, el peligro al que se exponen dentro de los terminales y los a veces escasos elementos de protección personal hacen de éste también un lugar complejo para una madre reciente. Evidentemente estas condiciones laborales tampoco son saludables para los compañeros de trabajo, pero como ya hemos señalado todo parece indicar que mientras los tiempos de la reproducción vayan en contra de los de la producción, al empresariado no le interesará demasiado. Justamente aquí corresponde llamar la atención: a todos como trabajadores sí debe importarles, esas son sus parejas y/o sus hijos/as o sus compañeros/as. Aquí es donde los sindicatos tienen desafíos enormes, éste es un problema de respeto y dignidad y nos afecta a todos/as.

A la luz de lo anterior identificamos un potencial transformador que radica en valorizar estas cualidades “integradoras” que reconocen las emociones y la importancia del bienestar, en tanto permiten cuestionar la base de la explotación del ser humano por el ser humano en función del derecho al bienestar de la población como condición mínima para la existencia, sobre la cual no puede imponerse la productividad del capital: ¿para qué es este mundo? ¿Para acumular más capital o para que vivan las personas? Y si es para las personas, ¿por qué puede ser más importante la productividad que la seguridad de los/as trabajadores? Tan encerrados estamos en que las cosas “ya funcionan de un modo” que hemos dejado de cuestionarnos qué pasa si ese modo no nos gusta. Qué pasa si estamos hartos de la explotación y la dominación entre clases y géneros. El mundo se construye en base a las personas, y en base a sus derechos y su dignidad es que debe regirse.

Por lo tanto, toda vez que un sindicato se propone defender a sus trabajadores/as y recuperar su bienestar, debe al menos partir por practicar formas de vinculación que permitan comprender al otro/a, entender sus necesidades, escucharlo, dar cabida a diferentes opiniones y construir espacios de desarrollo y aprendizaje colectivo. Estas medidas necesarias deben convertirse en demandas no sólo de las trabajadoras sino de sus pares y de todos aquellos que viven de su propio trabajo. Cuestión que sin duda incluye a hombres tanto como a mujeres. Con esto presente se puede construir hacia adentro para plasmar hacia afuera, para lograr cambios reales.

En este sentido, valorizar el aporte femenino no sólo implica valorizar a las compañeras sino que también abre una oportunidad de desarrollo de conciencia de la clase trabajadora donde hay más capacidad de pensar los sindicatos como organizaciones que vayan más allá del pago de cuotas y de asambleas informativas. Donde el sindicato pueda ser un espacio de construcción colectiva, que permita generar momentos de encuentro donde todos se sientan partícipes y donde se identifiquen y aúnen los intereses fundamentales de los/as trabajadores/as y sus familias: un mundo más justo para todos/as y no para unos pocos.

Quizás la distancia que los socios sienten respecto de sus dirigencias tenga algo que ver con esto. Dejamos esa incógnita abierta y pensamos que constituye un excelente desafío para el fortalecimiento de todos como trabajadores y de nuestras organizaciones.

Mujeres trabajadoras

Trabajo y género (III): Pensar la sociedad. De la división productiva a la división reproductiva del trabajo

 Por Daniela Soto

Cuando analizamos la estructura de la sociedad pensando una forma alternativa de organización, es bastante tentador ordenarnos a todos/as según nuestra posición en las relaciones de producción; es decir, en el trabajo que desempeñamos. Qué hacemos, dónde, qué estudiamos, qué papel tenemos en una determinada empresa o institución, ¿somos dueños del capital, de los recursos? ¿O somos dueños sólo de nuestra fuerza de trabajo? Se trata de preguntas que nos posicionan en la estructura productiva de nuestra sociedad según las funciones laborales que cumplimos a partir de nuestro capital económico, nuestras propiedades, los famosos pitutos o redes, y nuestro nivel educacional. Y lo anterior en definitiva, también nos dota de cierto estatus social –es decir, un “reconocimiento” social a esta posición ocupada. Ello nos lleva a un primer concepto: la división social del trabajo (DSOT). Y en este caso nos referimos al trabajo productivo.

El anarquismo, el cooperativismo, el socialismo, el capitalismo: todos son sistemas o proyectos históricos que proponen formas de organizar la sociedad y resolver el problema de la producción de bienes y servicios. Por lo menos el socialismo y el capitalismo nos han dado una idea de cómo funcionan en la práctica y la diferencia que tienen entre sí.

No obstante, con cualquiera de estos proyectos solo resolvemos el problema de la producción. Al dividirnos socialmente el trabajo, somos capaces de producir bienes y servicios para  satisfacer nuestras necesidades básicas (y en la actualidad, hasta las menos necesarias); pero aun así, la especie humana sería incapaz de perdurar en el tiempo si no pudiera asegurar también la reproducción de su existencia. Nuestra fisiología determina sin duda cómo es que esto se lleva a cabo cuando damos a luz un bebé, pero no hay un único (o natural) modo para realizar el proceso de crianza de estos nuevos seres que nacen. ¿Cómo resolvemos los distintos problemas a los que nos enfrenta la reproducción? Es decir, quién amamanta, quién cuida, quién enseña, quién abriga, quién alimenta, quién provee; pero también quién limpia, quién lava, quién ordena, etc.

Todo lo relativo al modo en que se conjugan estas cuestiones es lo que llamamos la división sexual del trabajo (DSET), y en este caso, nos referimos al trabajo reproductivo. Es, en efecto, el modelo de división sexual que aparece con la revolución industrial, el que permite explotar doblemente al hombre pues el capitalista no sólo extrae plusvalor de la mano de obra, sino que además queda exento del pago del trabajo reproductivo (fundamental para subsistir) al obrero, en tanto lo realiza la mujer de manera gratuita[1]. Esta situación –desde la perspectiva de las mujeres, explotadas por realizar un trabajo sin prestigio y sin remuneración, es lo que se conoce a grandes rasgos como patriarcado[2].

Los modelos de DSET a nivel internacional son múltiples. Lo más tradicional para nuestra sociedad es que la mujer cumple el rol materno de cuidadora y de dueña de hogar, mientras que el hombre es quien provee todos los bienes y servicios necesarios para que la madre pueda criar a sus hijos/as. El lugar público lo ocupa el hombre, el privado la mujer. El hombre es proveedor y la mujer le cocina a él y a sus hijos/as, hace las camas, plancha, etc. En contextos menos tradicionales, y cada vez más de moda, la crianza empieza a ser progresivamente un problema de los dos. El hombre también debe cumplir tareas básicas en el hogar como alimentar y criar a sus hijos/as. En otros países, como el caso de Finlandia, hombre y mujer aseguran un proceso de crianza básico y los demás cuidados se los dejan al Estado que se encarna en salas cuna, jardines y colegios. Esto permite que padre y madre puedan ser lo más productivos dedicándole lo mínimo al proceso reproductivo. Con matices, el modelo mixto de crianza pone al hombre como un otro igualmente activo[3]: hacer dormir, dar la papa, mudar, comprar alimentos, cuidar la higiene y limpieza del hogar, llevar a controles médicos, etc. son tareas que ambos se reparten de modo equitativo.

trabajo reproductivo
mujer trabajando

Hasta aquí las dos cosas funcionan, con distintas estrategias y para resolver distintos problemas. Sin embargo, en muchos países (y en Chile sin lugar a dudas) la población femenina se encuentra en una punto ciego: mientras que la división social del trabajo productivo la invita a ser parte del mercado laboral; el trabajo reproductivo la sigue manteniendo dentro de sus roles tradicionales: madre, esposa y dueña de casa[4]. Por el lado de la población masculina nada cambia: sigue insertándose ampliamente en el mercado laboral y en el ámbito privado desempeña sus roles de padre y esposo. Tradicionalmente el hombre trabaja en “el trabajo”, y la mujer trabaja en la casa y en el trabajo.

En términos de cifras, hablamos de que mientras las mujeres dedican un 61% de su tiempo al trabajo doméstico, los hombres lo hacen en una proporción del 33,6%[5]. No obstante, la tasa de participación laboral femenina se ha duplicado desde los años ochenta, y –aunque aun sumamente desigual respecto de nuestros compañeros hombres- hoy llega al 47,2% a diferencia de la participación masculina, que prácticamente la dobla con un 71,1% (PNUD, 2010; ENCLA, 2011). El problema viene siendo que la tendencia a la incorporación laboral femenina es cada vez más acelerada, no así la del hombre al espacio de lo privado.

A esto se le ha llamado doble carga laboral femenina: las mujeres trabajan remuneradamente y luego, llegan a trabajar en los quehaceres del hogar. En este sentido, mientras que las mujeres se identifican con los roles que cumplen en la DSOT, como empleada, y en la DSET como madre y dueña de casa; no ocurre lo mismo en el caso de los hombres: en ambos, su rol paradigmático es de proveedor/empleado. Dado este fenómeno, las mujeres que trabajan remuneradamente se encuentran sujetas a contradicciones entre (i) las necesidades estructurales –es decir, el imperativo tanto económico como moderno de su salida al mundo laboral-, y (ii) la herencia cultural –sus roles de madres cuidadoras y dueñas de casa. En efecto, tanto (i) como (ii) hace de la población femenina un objeto sumamente paradigmático en el estudio de las sociedades y aún más, en el estudio de las contradicciones de la sociedad capitalista. Son sujetas de explotación y dominación por partida doble: en el trabajo peor pagadas y ocupando puestos más precarios, en su hogar haciendo labores invisibilizadas y desprestigiadas que a su vez permiten al hombre acceder a carreras laborales ampliamente superiores.

Para abordar esta situación, quisiera retomar un concepto sumamente provechoso que ya se trabajaba en los 70´s, como es el de tradicionalismo moderno[6]. Este concepto no indica otra cosa que la aceptación de los efectos de la modernidad (la salida de la mujer al mundo laboral), mas no sus consecuencias (es decir, si la mujer sale al mundo laboral, el hombre debería entrar también al mundo privado; y el estado debería generar mecanismos de apoyo apropiados a ello). De este modo, “en la identidad de las mujeres la maternidad y el trabajo compiten como ejes centrales de la misma. Los varones difícilmente pueden pensarse a sí mismos sin trabajar. El trabajo es para ellos una obligación y no una opción […]. En el caso de las mujeres, el trabajo es considerado todavía una opción, y es sobre todo la maternidad la que las afirma en su identidad como personas”[7].

Pareciera ser que Chile calza perfecto en estas definiciones: un país que promueve la salida laboral de la mujer (siempre y cuando esto no afecte a la familia), pero bajo una ideología sumamente machista. No sólo se espera que el sueldo femenino sea “una ayuda económica”, si no que además se resta a las mujeres de una notable capacidad: sustentarse económicamente de modo independiente.

Así como la identidad también se juega cuando definimos qué limpieza y orden queremos para nuestra casa, qué muebles, qué decorado, qué comida; también lo hacemos cuando somos capaces de auto-sustentarnos y de elegir cómo queremos gastar el dinero del que disponemos. Y aun más, identificarse como trabajador/a y sentir orgullo de las habilidades y conocimientos que se ponen en juego, valorarlo, permite luchar para hacer de todo trabajo, una actividad digna. Esto es: frenar los abusos de todo tipo, las obediencias y cabezas gachas, combatir la precarización, luchar por terminar con la explotación, etc. Identificarse como trabajadoras es un paso para las mujeres en pro de disputar esos espacios, las dirigencias sindicales y la valoración humana del trabajo. Dejar atrás la ideología de la abnegación y de sacrificio de madres heredada de una matriz cultural mestiza dominada y enfrentarse con otras perspectivas no sólo al espacio laboral, sino también al doméstico. Es un viaje de ida y de vuelta sin duda pues alude a procesos de construcción de identidad, de qué vida estamos dispuestos a vivir y por qué vamos a luchar. Pero además es una tarea que tiene que tomar la clase trabajadora en su totalidad: una mejor sociedad se parte construyendo en la casa, donde no pueden haber ni dominados ni explotados. Debemos luchar activamente, hombres y mujeres, por cambiar el sentido común hegemónico que permite al capital explotar a la fuerza de trabajo en un sinnúmero de maneras, enemistarla absurdamente según género y separarla cada vez más según formas de contrato, tipo de ocupación, etc. Es deber de todos/as luchar por desarrollar esa unidad en todos los ámbitos de la vida.


 


[1] Si un hombre no cuenta con una mujer, pero tiene hijos/as, debe ingeniárselas para encontrar a alguien que pueda realizar no sólo las tareas que requiere un hogar, sino las necesarias para criar niños/as.

[2] A pesar de que la definición no es correcta pues es un concepto bastante complejo, nos referiremos a él de esta manera superficial.

[3] Reconociendo aun las tareas ineludibles de las mujeres como el embarazo, alumbramiento y amamantamiento.

[4] Y ojo que a pesar de que el hombre, sin dudas es padre y esposo; las características de estos roles están lejos de compararse con las que desempeña la mujer. En contexto tradicionales, el hombre llega a su casa y es servido por la mujer: los problemas de compras, aseo, comida, lavado-secado-planchado de su ropa lo ve ella, etc. etc.

[5] Datos de la encuesta exploratoria de uso del tiempo en el gran Santiago, disponibles en: INE. Mayo 2009. ¿Cómo distribuyen el tiempo hombres y mujeres? Disponible en línea: [http://estudios.sernam.cl/documentos/?eMTUwMTY5OA==-%C2%BFC%C3%B3mo_Distribuyen_el_Tiempo_Hombres_y_Mujeres?] [20/10/2012]

[6] Mattelart & Mattelart, 1968

[7] Guzmán & Mauro, (2004: 238). En las sucesivas columnas sobre el tema iremos viendo más en detalle algunos de estos elementos mencionados. Es indudable el problema concreto de la sobrecarga en las mujeres. Aún aquellas que cuentan con recursos económicos como para pagar jardines y/o tener empleadas domésticas deben organizar y resolver un sinnúmero de problemas (disminuyen trabajo físico, pero aumentan trabajo intelectual). La carga auto-impuesta bajo la idea de que “nadie lo hace mejor que yo, ni sabe mejor que la madre lo que el/la hijo/a necesita” será analizado en detalle en la siguiente columna.

Mujer e hijos trabajando

Trabajo y género (II): Mujeres-madres y el problema de la inserción laboral

 

Cuando se habla de mujer y trabajo remunerado en la actualidad pareciera imposible referirse a alguna idea nueva, las cifras de tantos estudios (ENCLA (2008-2011), OIT[1], PNUD, ENETS, etc.) ya han sido mil veces citadas y el mensaje “las mujeres se insertan menos y en peores condiciones laborales que los hombres” se escucha una y otra vez. De ahí que hablar sobre la inequidad tanto vertical (entre mujeres cuando desempeñan distintas ocupaciones jerárquicamente comparables) como horizontal (entre hombres y mujeres desempeñando los mismos trabajos), no sea una gran novedad.

Sin embargo, y muy a pesar de los cientistas sociales que indagamos sobre el famoso “sentido común” de nuestra sociedad, la mayoría de las veces se aborda sólo la superficialidad de este problema sin ir más allá de lo aparente. ¿Las mujeres ganan menos trabajando en peores empleos y más precarizadas que los hombres porque eventualmente serán madres y esto conlleva un costo adicional? ¿Ganan menos y están más precarizadas porque llevan menos de 50 años saliendo de manera más notoria al espacio público y tienen menos experiencia? ¿O es que sus habilidades innatas son las requeridas para realizar empleos poco calificados y por lo tanto mal remunerados?

No es de extrañar que una cultura mayoritariamente machista aluda a  razones como las anteriores para justificar de alguna manera la existencia de enormes brechas de género en el ámbito laboral. Las mujeres son muy buenas para todo lo que tenga que ver con socializar y cuidar[2]: son naturalmente buenas para atender enfermos y entonces pueden ser enfermeras; para enseñar porque tienen paciencia –y entonces son profesoras o paradigmáticamente párvulas-; o tienen muy desarrollada la habilidad de la conversación y la atención, entonces nada mejor que trabajar en el área del comercio y atención al público. Y para qué hablar de la capacidad de organización y planificación (que toda dueña de casa ha de dominar), que lleva directamente a las mujeres a ocupar puestos de secretarias y desempeñarse brillantemente en ellos. Y dado que esas habilidades son innatas, y no han invertido tiempo, dinero o energías en ello, estos son empleos mal remunerados tanto porque pueden exigir poca calificación, como porque son subvalorados en términos de estatus social. ¿Qué mejor ejemplo que la discriminación de los médicos, en términos genéricos, para con las enfermeras? Cuestión de prestigio social y, como ya se decía, del sentido común en el que nos desenvolvemos. Incluso, en profesiones distintas a las nombradas, se espera que sean las mujeres las líderes emocionales y contenedoras de los grupos laborales.

Quizás alguien crea que esto está muy lejos de la realidad y que hoy las mujeres tienen todas las posibilidades y han visto diversificados los rubros en donde pueden emplearse. No obstante, los estudios contemporáneos[3] dan cuenta de la actualidad de afirmaciones de hace diez años donde dentro de las creencias más extendidas aparece el trabajo remunerado de las mujeres como un requerimiento económico familiar. Estudios del SERNAM[4] dan cuenta de que más del 50% de los/as encuestados/as, en el 2000, está de acuerdo con la afirmación “una mujer es mejor esposa y madre si emplea la mayor parte de su tiempo con su familia y tiene pocos intereses fuera del hogar”[5]. En otras palabras, la prioridad de las mujeres debe ser el cuidado infantil, otorgándose gran valor cultural a la tarea de educadoras de los/as hijos/as. Este es sin duda un compromiso “fundamental, no negociable y se debe priorizar por sobre los intereses profesionales”[6]. De ahí entonces que en la vida femenina aparezca la maternidad como la máxima realización y principal fuente de satisfacción, lo que se reafirma en tanto en esa misma encuesta, la adhesión a esta idea es de un 94%. Incluso la maternidad se concibe como sagrada permitiendo la plenitud de las mujeres: “Las mujeres de sectores populares insisten aún más; para ellas, ser mujer es ser madre. Por otro lado, los hombres atribuyen también a la maternidad el carácter de experiencia que articula y da sentido a la vida de las mujeres”[7].

En este contexto, podemos pensar en una mejoría de las posibilidades: más empleos en una diversidad mayor de áreas. Concedido, ¿mejorías de fondo? Dudoso. Es lo mismo que la situación de los jóvenes y la educación: las posibilidades de estudiar pueden estar, pero nadie asegura calidad. Chile vive lo que Mattelart & Mattelart en el año 68, llamaron “tradicionalismo moderno” en su libro “La mujer chilena en una nueva sociedad: un estudio exploratorio acerca de la situación e imagen de la mujer chilena”. Este concepto resalta el hecho de que la división sexual actual del trabajo no logre compatibilizar con los cambios que supone “la modernidad”: las mujeres todavía se llevan la carga del cuidado y de la organización, mantención y orden de la vivienda familiar –además de emplearse.

¿Qué es lo que pasa entonces con las “pobres mujeres esclavizadas” por un mundo machista y patriarcal? Pues bien, lo que aquí resalta es una matriz cultural que funciona en todas las direcciones: son las relaciones cotidianas de género, una crianza particular, oportunidades para unas y no para otras lo que constituye formas de pensamiento y, por supuesto, acciones y prácticas cotidianas.

Así, cuando se habla de “mujer moderna”, se habla de una “supermujer” que todo lo puede porque sigue ligada al esquema materno tradicional en donde es “aquella capaz de combinar armoniosamente la maternidad con el trabajo. A sus roles habituales de madre y esposa, se le suma ahora el rol laboral. Una vez más, se cambia la forma pero se mantiene el contenido”[8]. Lo fundamental entonces es ampliar las perspectivas de análisis frente a los problemas de género: las relaciones sociales se parten cambiando en la casa, al interior de los espacios de trabajo y de las organizaciones laborales, etc. Las mujeres tienen una capacidad reproductiva biológica innegable que vista desde el capitalismo no es sino un costo adicional en cuanto mano de obra; sin embargo, visto desde la perspectiva de las mismas mujeres y en su relación con los hombres, es importante desnaturalizar la función de madres donde se constituyen mujeres-madres incapaces de competir con sus habilidades generales con el género masculino.

En este sentido, programas gubernamentales, y discriminaciones positivas poco pueden lograr en cuanto a equiparar las condiciones entre hombres y mujeres, si por otro lado, no hay un desarrollo de una conciencia general que permita cuestionar de manera crítica la relación social de asimetría existente entre hombres y mujeres; pero es necesario que estemos dispuestos a cuestionarnos primero que todo, puertas adentro, en nuestras relaciones cotidianas con nuestros pares y en el interior de nuestras familias. Pensar nuevos proyectos de sociedad implica pensar en dos ejes claves como lo son la división social del trabajo, y también la sexual. Esta idea desarrollaremos más acabadamente en otra columna.

 


[1] OIT. (2006) Trabajo decente y equidad de género en América Latina. Santiago: Oficina Internacional del Trabajo. Recuperado de http://www.oitchile.cl/pdf/igu026.pdf

[2] A modo de profundización en lo que tiene que ver con desnaturalizar las características socialmente atribuidas a hombres y mujeres, discutiremos en otra columna el concepto de “género” o de “sistema sexo-género”.

[3] SERNAM. (2010b). Igualdad: La profundidad de un proceso. Santiago: SERNAM; Todaro, R., Yáñez, S. (eds) (2004). El trabajo se transforma. Santiago: CEM ediciones; Uribe-Echeverría, V. (2008). Inequidades de género en el mercado laboral: el rol de la división sexual del trabajo. Cuaderno de Investigación N°35. Santiago: División de Estudios, Dirección del Trabajo; Valdés, X. (2007). Notas sobre la metamorfosis de la familia en Chile. En: Futuro de las familias y desafíos para las políticas públicas. Santiago: CEPAL; Valenzuela, J., Tironi, E. & Scully, T. editores. 2006. El eslabón perdido. Familia, modernización y bienestar en Chile. Taurus: Santiago de Chile; Valenzuela, M. E., Sánchez, S. (2012).Trabajo doméstico e identidad: Las trabajadoras domésticas remuneradas en Chile. En: Cárdenas, A. & Link, F. & Stillerman, J (eds). ¿Qué significa el trabajo hoy? Cambios y continuidades en una sociedad global. Santiago: Catalonia; Godoy, L. & Stechner, A.(2008). La experiencia de mujeres asalariadas en Santiago de Chile: sentidos del trabajo e identidades de género. En: Espinosa, B (coordinadora). Mundos del trabajo: pluralidad y transformaciones contemporáneas. Ecuador: FLACSO.

[4]Otro estudio del SERNAM establece que el 42% está de acuerdo con la idea de que “las mujeres que tienen un hijo de edad prescolar no deberían trabajar”, mientras el 48% promueve el trabajo con jornada parcial[4]. En la misma línea: “… un 63 por ciento está de acuerdo con la afirmación <<un niño en edad prescolar sufre si su madre trabaja>>; un 54 por ciento piensa que <<ser dueña de casa es tan gratificante como tener un trabajo remunerado>>; y finalmente, pero no menos sorprendente, un 43 por ciento opina que << la labor del hombre es ganar dinero, mientras que la labor de la mujer es cuidar el hogar y la familia>> (otro 15 por ciento está indeciso frente a esta afirmación).” [Valenzuela &Tironi&Scully, 2006: 194].

[5] Raymond, E. (2006). Mujeres y madres en un mundo moderno. Los discursos y las prácticas que conforman los patrones de maternidad en Santiago de Chile. (Tesis magistral). Pp.23. Recuperado de http://www.tesis.uchile.cl/tesis/uchile/2006/raymond_e/sources/raymond_e.pdf

[6] Ídem.

[7] Ídem. Investigación realizada por Rodó, 2003 citado en Raymond, 2006: 24.

[8] Ídem.

mujer trabajadora

Trabajo y género (I): La distinción de género en el mundo del trabajo

 

(La serie de columnas que presentamos a continuación tiene como objetivo dotarnos de un marco introductorio para abordar el problema del género -específicamente las mujeres- y el trabajo remunerado. La necesidad de profundizar en estas distinciones surge no sólo para nuestra propia formación, sino también porque CIPSTRA se encuentra llevando a cabo una investigación que aborda estos temas. Pero también porque pensamos que no es posible pensar en cambiar las estructuras de explotación capitalista si hombres y mujeres no le hacemos frente en iguales condiciones. Lo primero que intentaremos será responder a la pregunta de qué entendemos por género, y cuáles son los cuestionamientos más comunes que surgen de este problema en la sociedad chilena actual. La segunda columna indagará en el vínculo que existe entre la forma en que concebimos el ser mujer y el trabajo remunerado, así como el modo en que las mujeres han sido sistemáticamente invisibilizadas en sus labores. En una tercera columna, por último, proponemos un eje de análisis para comprender la relación entre la división social  y sexual del trabajo.)

***

La distinción de “género”

¿Qué es lo que nos define como hombres o como mujeres? Sin lugar a dudas esta pregunta ha sido muchas veces hecha y vuelta a hacer. Más allá de los problemas filosóficos que se pueden realizar en torno a estas dos versiones biológicas del ser humano y de la complementariedad entre ellas, los cuestionamientos suelen ir enfocados a la valoración de esta diferencia. La cuestión básica entonces es ¿desde qué lado es que se construye una masculinidad que es superior a la femineidad? No digo nada nuevo en la literatura especializada si recuerdo el vínculo existente entre la visión masculina- racional –autoritaria y una cultura occidental capitalista sumamente enfocada en el problema productivo (y en el trabajo productivo-remunerado) que vive en un tiempo lineal[1].

En el otro extremo estarían paradigmáticamente las vivencias de tipo subjetivo, con lógicas horizontales y donde la preminencia del trabajo reproductivo y los ciclos femeninos recuerdan la relevancia del tiempo cíclico.  No obstante, la hegemonía de esta primera manera de entender el mundo es evidente: las tierras siempre deben ser productivas, las personas y máquinas así como procedimientos deben ser lo más eficiente, los/as trabajadores/es siempre deben trabajar lo más posible, etc. Y aun más, vivimos en una sociedad donde el dios padre todo poderoso creador del cielo y la tierra es… ¡hombre! Así es, el dios fértil es masculino. Esas pequeñas paradojas de la vida, las mujeres tienen hijos/as pero fueron creadas por un hombre.

En otras palabras, existe un hecho innegable, y es que los hombres y las mujeres somos distintos y sin esa distinción no habría sociedad posible en el tiempo. No obstante, de alguna manera, históricamente esta diferencia ha conllevado la sobrevaloración de los hombres en desmedro de las mujeres. Más que intentar explicar por qué ha ocurrido esto[2], quisiera traer a colación el concepto de género en oposición al concepto de sexo como usualmente se lo refiere. En términos simples, por sexo nos referimos a aquello que es fisiológico, biológico e inherente en esta distinción en los seres humanos. Sin embargo, las distintas culturas del mundo han elaborado diferenciadamente las consecuencias que ello conlleva: formas de pensar, de sentir, valores, normas, actitudes, características sociales, etc. A las culturas donde las mujeres somos conocidas por ser sentimentales, se contraponen otras donde las mujeres son las frías y las serias. En ese sentido, el concepto de género busca dar cuenta de cómo estas elaboraciones de lo que es el sexo (en términos fisiológicos), varían en tiempos y espacios. Así, mientras hoy en día no gustar del fútbol es considerado menos masculino que gustar del ballet, y la homosexualidad sigue siendo un tabú; en la Grecia antigua el amor como hoy lo conocemos era reservado en muchos casos para los hombres con hombres, y el sexo reproductivo era lo que se buscaba con las mujeres.

Es decir, aquellas ideas de que las mujeres son más cariñosas que los hombres, o que los hombres son más racionales que las mujeres, corresponden a juicios en torno a características culturales que otorgamos a los sexos. Si creemos que las mujeres deben estar a cargo del hogar, entonces desde pequeñas se les enseñan las habilidades necesarias, si deben criar personas, se las enseña para eso (paciencia, entrega, sacrificio, cariño, rigor, cuidado). Contrariamente los hombres aprenden cómo realizar distintas reparaciones en la casa. Lo que tenemos, antes que una esencia de masculino o femenino, es una sociedad que reproduce las creencias y prácticas de manera que forma hombres y mujeres en base a lo que éstos han sido en generaciones anteriores. Totalmente circular y redundante. Somos así porque así nos hemos criado, porque así hemos aprendido. El carácter cultural de nuestras connotaciones sobre los sexos, se evidencia al contrastar maneras distintas de criar, de pensar, de mirar, de aprender entre países tan lejanos como Hawai y Bolivia o Chile y Japón. Vale decir que no hay una manera única y natural de ser hombres o mujeres.

En este sentido es que el concepto de género entra en distinciones útiles pues nos adentra en la discusión en torno a qué características definen a una persona como hombre y cuáles a una como mujer. Esto permite cuestionar las versiones más tradicionales donde hombres y mujeres deben reproducirse, frente al problema – tan señalado por la derecha conservadora- de la homosexualidad por ejemplo. ¿Es una forma de “ser menos” hombre o menos mujer? ¿Es posible ser menos seres humanos por preferencias sexuales? O si son las características psicológicas las que nos definen, ¿qué pasa con los hombres a los que no les gustan los deportes rudos, ni la violencia, que son sensibles y lloran con frecuencia? ¿Qué pasa con  las mujeres que no quieren tener hijos y con las que no los pueden tener? ¿Qué lugar ocupan los transexuales?

Todas estas preguntas buscan de alguna manera tener respuesta con este concepto. De este modo, género se entiende como el sexo socioculturalmente construido. Socialmente construido porque para conformarnos como lo que somos es fundamental el triple encuentro entre lo mismo y lo otro. La identidad se construye también por diferencia en las relaciones entre mujeres con mujeres, hombres con hombres y mujeres con hombres.

¿De qué sirve un concepto para trabajar la discriminación? Pues bien, desnaturalizando las visiones en torno al tema somos capaces de pensar otras maneras de relaciones entre géneros, donde ser mujer no implique ganar menos dinero por el mismo trabajo que realiza un hombre, ni ser tildado de “maricón” o de “poco hombre” porque a un hombre le gusta el ballet o abraza a sus amigos. Además, este concepto permite repensar el modo en que las mujeres se insertan y se han insertado tendencialmente al mundo laboral y las complejidades que esto supone. Así, se abren formas complementarias a las hegemónicas y ello permite incluso pensar sociedades diferentes porque no hay que olvidar que cuando hablamos de géneros también hablamos de la división sexual del trabajo[3].

Para cerrar entonces, quisiera reflexionar en torno a lo anterior. Ser hombres y ser mujeres. Una cuestión que no tendría por qué afectarnos particularmente. Claramente hay cosas diferentes así como las hay comunes. Sin embargo, es impresionante la cantidad de problemáticas que se derivan de las constricciones que nos vamos poniendo tanto sexuales (las heterosexualidad como norma) como sociales (los hombres son proveedores, las mujeres cuidadoras).

En lo relativo a la discriminación social y laboral, en términos de las vivencias de las mujeres que quedan embarazadas y son dejadas por sus parejas, o incluso en la construcción de las mismas parejas: hombres se desligan del proceso de la crianza sobre-exigiéndose en su desempeño laboral (son proveedores y no hay nada peor que un hombre que no puede sustentar a su familia) y mujeres, a su vez, ante todo cuidadoras y responsables absolutas de la crianza de los/as hijos/as, muchas veces sobrepasadas por la incontable cantidad de tareas que implica el menos preciado (y nunca remunerado) trabajo doméstico. Este proceso de sobre-involucramiento en un área y des-involucramiento en otra genera en la pareja una sensación de sobrecarga que imposibilita relaciones más honestas, libres y menos empaquetadas. Si ambos tienen disposición para todas las tareas, las predilecciones propias y los contextos hacen el resto y hay más flexibilidad para enfrentar la vida y más opciones por cierto. En fin, dado que este tema permite múltiples enfoques y temas, la próxima columna abordará el problema de la división sexual del trabajo y el género, para ir delimitando los criterios generales y los aspectos relevantes para comprender la relación entre género y trabajo.

 

[1] La literatura especializada en temas de género ha identificado en la oposición público/privado, trabajo remunerado/trabajo doméstico, o trabajo productivo/trabajo reproductivo, etc., características que diferencian paradigmáticamente a hombres de mujeres sobre todo en la división tradicional del trabajo sexual (como señalan estudios desde Simone de Beauvoir, pasando por Joan Scott, Teresita de Barbieri, Pierre Bourdieu, y hasta Judith Butler o Ximena Valdés, Sonia Montecino, etc.). Como bien señala Díaz (2004): “La jornada laboral de tiempo completo continúa sustentándose en una división sexual del trabajo basada en la diferencia sexual que asigna a las mujeres el trabajo reproductivo. El modelo de familia se basa en un padre “proveedor” que trabaja por un salario familiar y una madre cuidadora, responsable del trabajo doméstico y de las tareas de cuidado de las personas” (Díaz,  X. (2004), “La flexibilización de la jornada laboral” en Todaro, R. y Yáñez, S. (eds.)(2004) El trabajo se transforma. Relaciones de producción y relaciones de género CEM, Santiago de Chile). Asimismo, otros estudios identifican formas particulares de organización femenina que señalarían características innatas de las mujeres: “collective decentralized decisión-making, non hierarchical meeting models, and a slow building of interpersonal worker-to-worker networks. It also often included a less confrontational approach to the employer, with a tendency toward partnership models of labor relations.” (Cornell University, 2010. Is there a Women’s way of organizing? Recuperado de http://www.ilr.cornell.edu/laborPrograms/upload/Cornell-womens-way-of-organizing_revised_Layout-2.pdfPp. 9).

[2] Para eso recomiendo leer algunos de los autores citados en el pie de página anterior.

[3] El vínculo entre la división sexual del trabajo y la división social del trabajo, es materia de una próxima columna para revisarlo con más profundidad.